«Brooke» pone en el cartel que lleva el chófer que ha de recogerme a la salida del aeropuerto. Me dirijo a él con una sonrisa. Es un hombre mayor con un traje pulcro negro. Tiene la mirada perdida en el techo y casi me asusta que sea él el que coja el volante.
-Soy yo-le digo y me meto en la limusina que me conducirá hasta la casa de mis tios.
El viaje se me pasa volando, pensando en la sorpresa que me aguarda allí. La casa está a las afueras de la ciudad. Se encuentra en medio de un enorme viñedo que pertenece a la familia y que era el sueño de mi tio, que es un gran aficionado al buen vino. Es una enorme construcción de ladrillo rojo, luminosa y decorada con un gusto muy clásico propio de mi tia. Hay una habitación por cada miembro de la familia y el servicio, y por lo menos cinco de invitados. Cada una, por supuesto, con su respectivo baño.
Está dividida en tres pisos: el primero, con un gran salón donde mi tio cuelga a veces cabezas disecadas de animales que él mismo ha disecado y que yo no puedo decir que me agraden, una cocina donde trajina la cocinera y un enorme comedor preparado para más de 30 comensales; el segundo, donde se encuentran todas las habitaciones, incluida una sala de billar y otra de vinos; y el tercero, mi parte favorita de la casa. Nadie suele subir allí excepto, de vez en cuando, el servicio. Es una gran azotea cubierta por una zona y con un balcón por la otra, separadas ambas partes por un ventanal. En la habitación tan solo hay un sillón y montones de libros. Es como la biblioteca de la casa. Por suerte, ni mis primos ni mis tios son muy aficionados a la lectura, lo que me deja la parte superior de la casa para mí sola. Allí suelo pasar la mayoría del tiempo leyendo, en la parte cubierta si hace malo, y tomando el sol si hace bueno.
Cuando llego ninguno de mis tios se encuentra allí, así que me dirijo al cuarto que ocupo todos los veranos y me dispongo a organizar mis cosas. Pero al abrir el armario me encuentro con un montón de ropa de hombre ocupándolo. Abro los cajones y sucede lo mismo. Debe ser que mi primo ha decidido instalarse en mi habitación, aunque es demasiado grande para ser suya. Resignada, me dirijo con mi maleta a una de las habitaciones de invitados, que se encuentra contigua a mi antigua habitación, y me pongo a deshacer mis maletas.
No tengo tantas cosas. Solamente llevo toda mi ropa, que no es demasiada, papel y libros, para escribir y leer, mi neceser y algunos recuerdos de Inglaterra, como una estatuilla del Big Ben.
Al sacar los libros recuerdo a Mandy y a todas las personas del internado a las que prometí escribir. Se me antoja extraño haber vivido toda mi vida con ellas y ahora, de repente, no volverlas a ver. Pero no me apetece ponerme nostálgica, así que sigo ordenando mis cosas.
A la hora de comer, oigo voces en el pasillo de mi habitación y salgo para saludar y avisar de que ya he llegado. Además, quiero preguntar por mi habitación. Me encuentro a mi tio y a mi tia que me reciben con entusiasmo. Después de preguntarme por los estudios, mi salud y otras cosas ordinarias, me dicen que les acompañe al jardín, que tienen algo que enseñarme. La sorpresa, supongo.
Los jardines, perfectamente cuidados, están llenos de flores y frutos. Al fondo, un techo redondo sostenido por columnas blancas, alberga a un grupo de personas sentadas en sillas de madera.
Cuando llegamos allí, me doy cuenta de que hay dos personas más aparte de mis primos, dos hombres.
Pero, cuando se giran, toda mi ilusión desaparece.
-Brooke, este es Nick-nos presenta mi tia.

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