Tacho otro día en el calendario. Por fin. Ya estamos a viernes.
Una sonrisa vuelve a iluminarme la cara mientras salgo de la habitación para irme a desayunar.
Paso por mi escritorio a coger un libro y de encima se cae al suelo una carta. Me agacho a cogerla y veo que es para mí. Debe de ser de mis tios. Pero una rápida ojeada al remitente me descubre que no es de ellos, sino de mis padres.
El corazón me empieza a latir con fuerza dentro del pecho. ¿Por qué me han escrito después de tantos años sin dar señal de vida? La abro con manos temblorosas, temiendo lo que me pueda encontrar dentro.
Cuando tenía tres años mis padres me dejaron en este internado y no vinieron jamás a recogerme. El único medio para saber que existían era la suma de dinero que proporcionaban al colegio. Yo me esforcé en los estudios, los deportes y todas las actividades posibles, pensando que a lo mejor así se sentirían orgullosos y vendrían a por mí. Pero a mis diecisiete años lo más cercano que he tenido jamás a ellos han sido mis tios. La hermana de mi madre me acoje todos los veranos en Provenza junto a su marido y sus hijos pequeños. Y este verano, como todos, volveré a pasarlo con ellos antes de ir a la universidad.
Extiendo la carta ante mis ojos y comienzo a leer:
Estimada Brooke:
Esperamos que hayas pasado un fantástico último año en el internado St. Michel. Tus tios esperan verte este verano en Provenza, como siempre, aunque nosotros no podremos ir. Cuestiones de trabajo.
Aún así, te enviamos dinero adjunto a la carta para que puedas pagarte un viaje con todas las comodidades, y tengas algo para gastarte en Francia.
No olvides tus modales en Provenza, pues una sorpresa te aguarda.
Con nuestros mejores deseos,
Lorraine y Michael.
Escueta, fria y concisa. Parece una carta formal dirigida a una empresa más que a tu añorada hija a la que no ves desde hace catorce años. ¿"Estimada hija"? ¿No eran capaces ni de poner "querida hija"?
Ni siquiera iba a verles ese año tampoco. Miro la dirección del remitente pero solo salen sus nombres. Ni una calle, ni un número, ni una ciudad... No podré contestarles.
Y, ¿a qué viene ese misterio de la "sorpresa"? Mis tios seguramente lo sabrán, pero no quiero telefonear a otro país para semejante chorrada.
Salgo de mi cuarto dejándome la sonrisa dentro y me dirijo a desayunar sin ninguna prisa.
Pero la directora, de nuevo, me atrapa para que vaya a decirle a Nick que su taxi le espera fuera. Subo las escaleras con desgana. No me apetece volver a verle después de nuestro último encuentro, cuando le pillé con Estèle.
Llamo, como siempre, con los nudillos y esperó a que responda.
Me abre la puerta después de un eterno minuto de pisadas frenéticas detrás de la puerta. Me imagino a Estèle escondiéndose pensando que la que llama a la puerta es la directora. Al fin, Nick me abre la puerta con aire tranquilo.
-Tu taxi te espera-le digo. Y voy a irme, cuando oigo el ruido de alguien golpeándose contra la mesa en el interior de la habitación. Ese alguien suelta un agudo grito de dolor, que no identifico como la voz de Estèle. Una chica aparece frotándose la cabeza. Cuando se da la vuelta puedo reconocerla como una de las ayudantes de la cocinera. Es bastante mona, morena y con los ojos castaños, que me miran asustados.
-Por favor, señorita, no diga nada-me suplica.
-Me estoy cansando de cubrir tus fechorías-le digo a Nick, que permanece despreocupado.-Creo que olvidas los sentimientos de Estèle.
-Estèle tiene novio-me recuerda.
Yo alzo las manos, dándome por derrotada, y camino hacia el comedor.
Por fin, mis problemas se van.

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