sábado, 21 de mayo de 2011

Capítulo 1. Estèle y Mandy.

-Atiende, Brooke-reclama mi atención la señorita Lend.
Dejo de mirar por la ventana a la lluvia que cae y me fijo en la pizarra. Hay escritas un montón de palabras en francés, traducidas al lado al inglés. Apunto las palabras en mi cuaderno con letra esmerada, aunque ya me las sé. No en vano paso todos los veranos en Francia en casa de mis tios.
El timbre suena y salgo corriendo por la puerta, empapándome con la lluvia que moja las oscuras paredes del internado St. Michel. Paso la puerta de arco que conduce a las habitaciones y me dirijo directamente a la que comparto con Mandy, mi mejor amiga, y Estèle, una insoportable chica francesa con complejo de superioridad.
Me meto en la ducha y dejo que el agua contrarreste a la lluvia. Pienso una vez más como sería mi vida de no tener que vivir aquí. Hace tantos años que estudio durante todo el año en este internado, que ya no recuerdo lo que es vivir con unos padres que me quieran. Hace tantos años que no sé lo que es una familia...
Salgo de la ducha y oigo como la puerta de la habitación se abre, dejando llegar hasta mis oidos la irritante voz de Estèle.
-¡Vamos, Mandy!-exclama.- Te prometo que no te pillarán.
-Lo siento, Estèle, pero no me arriesgo a que me castiguen. Debo mantener mi expediente impecable.
Estèle le esta pidiendo a Mandy que la cubria cuando salga esta noche. Yo ya conozco la rutina de los jueves de Estèle: se escapa por la ventana mientras su novio, Fred, la espera en su moto, un poco apartado de la escuela. Fred es un idiota lleno de testosterona que no sabe divertirse sin alcohol.
Pero necesita la ayuda de una de nosotras para que la ayudemos a subir por la ventana cuando vuelva y la cubramos ante las profesoras.
Desde que una vez casi pillaron a Mandy y a Estèle, Mandy se niega a ayudarla. Así que esta noche me toca a mí ayudarla. Porque, aunque sea insoportable, Estèle sigue siendo nuestra compañera.
-No os preocupeis, yo te ayudo-digo saliendo del baño. Estèle no me da ni las gracias, pero ya me he acostumbrado. Se va a mirarse al espejo con una sonrisa de suficiencia en la cara.
Estèle es bajita, pelirroja y con el pelo liso hasta la cintura. Lleva un flequillo recto que la cubre la frente y la da un aspecto más dulce. Pero sus ojos, azules y frios, contrarrestan esa sensación de calidez. Tiene mucho dinero, como cualquiera que estudie en este gran internado, pero ella lo usa para pavonearse por ahí y comprarse ropa que las monjas no estiman precisamente. Es fria, frívola, condescendiente, egoísta, astuta, calculadora y prepotente. Pero también extremadamente guapa, lo que atrae a un montón de chicas tan superficiales como ella misma.
Pero yo siempre he pensado que es una mera tapadera para ocultar los verdaderos sentimientos, para protegerse del resto del mundo haciéndose pasar por una diosa invencible.
Y por otro lado estamos Mandy y yo. Las mejores de la clase, con una media de nueve y medio. Somos tan parecidas que conectamos en el mismo instante de conocernos.
Nos encontramos por primera vez cuando nos asignaron el primer año la misma habitación del internado. Bien es cierto que yo soy más dada a concederle el beneficio de la duda a todo el mundo, a las segundas oportunidades y a los pensamientos positivos de todo el mundo; lo que muchas veces conlleva grandes decepciones. Mandy es más observadora y lo ve todo con realismo, aunque con gran sentido del humor.
Tenemos las mismas aficiones: el tenis, la natación, la lectura y la comida francesa. Pero jamás coincidimos en la música. Ella prefiere canciones alegres como la Marcha Radetzky de Strauss, o la primavera de Mendelssohn. A mí, sin embargo, me gusta pensar acompañada de melancólicas melodías como Claro de Luna de Beethoven o Tristeza de Chopin.
A pesar de todo, siempre he considerado a Mandy como la hermana que nunca tuve, como mi apoyo y mi confidente.
-Tiene que volver ya-dice Mandy mirando el reloj de la pared. Son las doce de la noche y hace dos horas que he ayudado a Estèle a bajar por la ventana.
Me asomo y veo el faro de una moto a lo lejos. Respiro con alivio. Pero no dura mucho, pues menos de dos segundos después empiezo a oir pasos por el pasillo. Pasos planos, pesados y decididos. Los pasos de una profesora que va revisando habitaciones.
Miro de nuevo al bosque y no veo la moto. Los pasos más cerca. El peligro de ser descubierta recorriendo mis venas.
-¡Brooke!-me llama Estèle desde abajo.
-¡Sube! ¡Están revisando habitaciones!- Estèle empieza a trepar la enredadera que lleva a nuestra habitación. Yo la espero en la ventana, con medio cuerpo fuera para ayudarla. Pero los pasos no se detienen.
De repente se paran. Justo delante de mi puerta, que se abre. Una profesora aparece en el umbral. Estèle se pega a la pared de fuera del edificio para no ser descubierta.
-¡Brooke!-dice con sorpresa.-¿Qué haces en la ventana?
-Nada-es lo único que puedo contestar. No estoy acostumbrada a tener que mentir, así que no se me ocurre nada mejor que pueda explicar lo que estoy haciendo.
Suelta un suspiro entre cansado y decepcionado.
-Te voy a tener que castigar por intentar escapar por la ventana.- No puedo delatar a Estèle, así que tengo que asumir el castigo. Bajo la cabeza mientras acompaño a la profesora escaleras abajo.
-Pasarás dos horas fuera reflexionando-sentencia la profesora, cerrándome la puerta del internado en las narices, y dejándome a merced del mundo.

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