El partido es largo y duro. Tengo que dar mi máximo en todo momento y acabo totalmente destrozada. Me había equivocado con Nick. Le había considerado indigno de ser mi rival y casi soy yo la que no se puede comparar con él. Acabo jadeando y él fresco y tranquilo, como si no le costase nada. Y, por si fuera poco, acabo perdiendo. Aunque en mi defensa diré que por poco.
Nick se acerca a mí cuando el partido ya ha acabado y me tiende la mano:
-Bien jugado, Brookie.
-No lo suficiente-contesto. Lo cierto es que estoy bastante decepcionada conmigo misma. He ganado un torneo nacional y no soy capaz de ganar un simple partido. Es culpa suya, que me desconcentra.
Paul aplaude en todo momento desde el banco que se encuentra al lado de la pista. Me da ánimos que ni siquiera escucho y anima también a su hermano, aunque éste parece no necesitarlos. Mis tios están a su lado. Mi tia con una sombrilla y su marido de pie a su lado, observándolo todo con interés. Mis primos corren de un lado a otro chillando y moviéndose sin parar.
Me dirijo a mi habitación a ducharme cuando acabamos. El sol es abrasador y el calor me agobia.
-Brooke, ¡ven a jugar con nosotros!-me grita Tim. Yo le prometo que luego y me voy directa a la ducha.
El agua fría alivia el sofocón y me hace pensar con más claridad. Recordemos la última noticia: estoy prometida con un hombre al que acabo de conocer y cuyo hermano me saca de mis casillas.
Salgo de la ducha y me visto con un ligero vestido azul claro, que deja pasar el aire y no me da tanto calor. Y así, con el pelo mojado, me voy a la biblioteca.
En cuanto entro vienen a mi cabeza todas las tardes escondida entre las altas estanterías de roble, y los voluminosos libros llenos de aventuras, romances, historias y finales. Cojo uno de ellos, el más usado por mí. "Orgullo y prejuicio". Todos los veranos lo leo, es uno de mis favoritos. Abro la primera página y comienzo desde el principio, que casi me sé de memoria. Pero cuando no voy ni por la segundo página una risa me interrumpe. Alzo la cabeza y avanzo entre las estanterías para descubrir al intruso, que no es otro que Nick, sentado en una silla y leyendo algo. Alza la cabeza para mirarme y me dice:
-Vaya, eras todo un cerebrito con ocho años-se burla. Miro sus manos y me encuentro con que está leyendo mi diario.
-¿No te dije que me lo devolvieses?-le digo intentando quitárselo. Pero él es más rápido y lo cierra, moviéndolo para que yo no lo alcance y poniéndose de pie.
-Y yo te dije que primero lo acabaría. Tu vida es tremendamente interesante-se burla.-¡Quién iba a decir que con ocho años ya sabrías dividir!-ironiza. Recuerdo que en mi diario puse todo lo que había aprendido ese año con orgullo. Solo tenía ocho años, ¿qué iba a poner?
Intento agarrar de nuevo el diario pero él lo coloca por encima de su cabeza, estirando el brazo. Salto y no lo consigo alcanzar.
-Devuélvemelo-le ordeno.
-¿Así sin más?-me pregunta.-¿Cuál es la gracia?
-Es mi diario. No tiene ninguna-digo con frialdad. Él chasquea la lengua, decepcionado.
-¿Y tus modales, Brookie? Tienes que dejármelo o acabarás con tu papel de niña buena y complaciente-se burla de nuevo.
-No tengo ningún interés en complacerte-le suelto.
-¡Claro que sí!-se rie.-No te sientes completa si no eres útil para alguien. Dejas que los demás te utilicen porque te niegas a ser dueña de tu vida. ¿Qué vas a hacer, Brookie? ¿Dejar que te dirijan toda tu vida?
-Mi diario-le pido de nuevo, apretando los dientes. No voy a dejar que me arrastre de nuevo a una pelea.
-De acuerdo-accede al fin. Baja la mano con el diario y yo alargo la mano para cogerlo. Pero en el último momento lo aparta, escondiéndolo detrás de su espalda. Acerca su cara a la mía, de modo que puedo ver con toda claridad sus preciosos ojos verdes.-Dame un beso.
Esa frase me choca tanto que me cuesta un minuto reaccionar.
-Estoy prometida con tu hermano-tartamudeo. Él vuelve a chasquear la lengua con disgusto.
-Siempre se me olvida ese detalle.
Y me besa. Me pilla completamente por sorpresa y dejo que una su boca a la mía en un rápido beso en el que no me da tiempo ni a pensar.
Se aparta igual de rápido que se ha acercado y se da la vuelta. Sale por la puerta, dejando mi diario encima del sofá con suavidad. Yo le miro marcharse sin ser capaz de decir nada.

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