La música empieza a sonar y las damas de honor van saliendo en fila con sus vestidos azules y sus grandes sonrisas. Respiro hondo, ahora me toca a mí salir. Agarro mi ramo y abro la puerta con decisión. Camino por el pasillo y todos los invitados se giran sonrientes para verme. Reconozco caras, otras me resultan totalmente desconocidas. Algunos tíos, mis primos, personas que deben ser de mi familia pero que jamás he visto, otros tíos, los padres de mis tíos, algunas profesoras, la directora y las alumnas más cercanas a mí.
Y en la primera fila mis padres, mirándome con la cabeza bien alta, al lado de los padres de Paul y... Nick. Me mira con serenidad, casi con indiferencia, viéndome caminar como si estuviese viendo un documental en el que una tribu echa a una chica a un volcán. Supongo que yo soy la chica que se ha ofrecido voluntaria como una ingenua.
No debería importarme, voy a casarme, ¿no? Pero me duele su indiferencia. Desearía que me mirase con dureza, que me gritase. Pero no lo hace y eso me duele aún más. Porque no ha peleado más, se ha dejado vencer y ha aceptado la derrota como un caballero. ¿Ahora decide ser un caballero?
Bajo la mirada, incapaz de mirar a nadie a la cara, y antes de que me dé cuenta mis pies me han llevado hasta el altar, al lado de Paul.
El sacerdote, un íntimo amigo de los padres de Paul, empieza la misa. Yo no estoy atenta, mi mente revolotea alrededor de todo, deteniéndose en cada cosa que veo. Pienso en nimiedades que me impidan concentrarme en lo que el sacerdote dice o me echaré a llorar.
-Paul Adam Harris, ¿quieres recibir a Brooke Destiny Wilson, como esposa, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarla y respetarla todos los días de tu vida?-dijo el sacerdote. Paul me miró con sincera alegría al contestar:
-Sí, quiero.
-Y tú, Brooke Destiny Wilson, ¿quieres recibir a Paul Adam Harris, como esposo, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarle y respetarle todos los días de tu vida?
Notaba todos los ojos puestos en mí: los del sacerdote, los de Paul, lo de mi familia y, sobre todo, los de Nick.
Ahí estaba. Mi declaración en voz alta para atarme voluntariamente y tirarme al volcán. Podría impedirlo, decir que no y salir corriendo, pero no tengo agallas para hacerlo. Por un momento toda una hipotética vida de yo decir "no", pasa por mi cabeza. Yo junto a Nick, yo feliz, yo encontrando el amor verdadero, yo libre. Las imágenes se van difuminando y yo las digo adiós sin hacer el menor esfuerzo por agarrarlas. Soy plenamente consciente en ese instante de que Nick tiene razón. Estoy proclamando mi "nunca" en voz alta, estoy renunciando a vivir por voluntad propia. Pero ahora mismo, ¿de verdad importa? Llevo toda mi vida viviendo para complacer a los demás, renunciando a todo y negándome a la libertad. Y experimenté la vida, pude probar el cielo. Y quizá eso ahora deba quedarse sencillamente en un recuerdo, en el sueño de lo que pudl haber sido y no fue. Cierro los ojos y me tiro al volcán de cabeza con un tembloroso:
-Sí, quiero.

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