Bajo al comedor a cenar y me los encuentro a todos en la mesa.
-Disculpad el retraso-les digo a media voz, mirando el mantel para evitar levantar la vista y encontrarme con unos ojos verdes que tanto voy a añorar.
Empezamos a cenar pero mi estómago refusa la comida, provocándome naúseas al pensar en probar bocado. Muevo las verduras de un lado a otro del plato, sin llevármelas a la boca en ningún momento.
No presto atención a la conversación que se desarrolla a mi alrededor, ajena al mundo entero, hasta que se centra en un punto que me interesa y me duele a partes iguales.
-¿A qué hora te vas mañana?-le pregunta mi tia a Nick.
-Temprano, de madrugada. A las cinco.
Yo no le miro y finjo que no me estoy enterando de nada, pero tengo cada uno de mis sentidos puestos en ello. Mi cabeza se inclina sobre mi plato y noto como una amarga gota cae a mi plato. Me seco la cara con rapidez, sorprendiéndome por el llanto. Me disculpo y me dirijo con rapidez a mi cuarto, alegando otro dolor de cabeza.
No aguanto estar sentada en la misma mesa que Nick, verle, sentirle tan cerca y no poder tocarle. No poder siquiera quererle.
Y le maldigo. Por ser el maldito huracán que ha tenido que azotar mi vida. Tan aterrador y hermoso. Una fuerza de la naturaleza que no puedes más que admirar, aunque te haya destrozado. Tan fuerte, devastadora... Tan pasional como el mismo Nick. Tan diferente a su hermano.
Ya ni recuerdo mi vida antes de todo esto. O, por lo menos, la recuerdo diferente. Tan ordenada, calculada, fría y... aburrida. Llena de planes de futuro, sin sueños o esperanzas. Llena de órdenes, sin decisiones propias. Todo calculado al milímetro, sin errores o locuras.
Me toco el tatuaje en la espalda, mirándolo en el espejo. Mi antiguo yo se hubiese horrorizado ante algo así. Pero mi antiguo yo no conocía a Nick. Mi antiguo yo no había vivido.
Y yo tampoco lo voy a hacer. Esa vida que Nick me dijo que anhelo, ese sueño que él me empujó a alcanzar, están cada vez más lejos de mi vista. A cada paso que él se aleja de mí ellos se van con él.
Pero se acabó. El huracán ha amainado. Dejando destrozos y tesoros que hacen que las ruinas merezcan la pena. Dejando un paisaje totalmente nuevo, que se me antoja extraño e inhóspito.
Después del fuerte huracán el viento no tiene casi fuerza. Sopla con desgana, sin ganas de hacer cambiar a mi barco de rumbo. Y me dirijo a la deriva sin modo de frenar.
Y esa palabra... Amor. Se empieza a difuminar en mi vocabulario hasta desaparecer. Libertad, esperanza, sueño... Palabras que recuerdo haber usado una vez pero a las que no encuentro significado. Palabras cuya definición se va borrando de mi mante a medida que las lágrimas caen por mis mejillas, precipitándose al suelo en un salto suicida.
Vida. Algo que jamás experimentaré. Ahora tan solo hay calma. El viento no se atreve a soplar. Los pájaros de mi tatuaje no tienen fuerza para volar y se esconden, resignándose a su destino y dejando que les metan en una jaula. Porque saben que ya no hay nada más. Se acabó, definitivamente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario